Skip to content

Reforma fiscal: parcheando el sistema

26 Novembre 2014

Cuentan que el presidente Hoover prefería economistas mancos para que no le pudieran decir: “on the one hand…on the other hand”, en alusión a que cualquier medida que le proponían parecía correcta para solucionar un problema, pero generaba otro al mismo tiempo. No sé qué diría ahora Hoover si supiera que los hacendistas plantean un “trilema” ante la reforma de los sistemas tributarios, lograr al mismo tiempo la suficiencia, la equidad y el crecimiento económico. Bajo estas tres cuestiones debemos analizar la reforma fiscal recién aprobada por el Gobierno.

El respeto a la suficiencia exige que una reforma permita obtener los recursos fiscales necesarios para financiar los servicios públicos y garantizar el estado del bienestar que la sociedad demanda. El Gobierno cifra en 9.000 millones de euros la rebaja de ingresos consecuencia de los cambios en las principales figuras impositivas, aunque al mismo tiempo espera generar un estímulo sobre la actividad económica que rebaje la factura final a poco más de la mitad.

En todo caso, hay que tener en cuenta que el objetivo en 2015 para el conjunto de las Administraciones Públicas está en soportar un déficit del 4,2 por ciento del PIB, es decir, en seguir asumiendo que los gastos serán superiores a los ingresos y que, el volumen de deuda pública superará el 100 por cien del PIB, algo más de un billón de euros. Por tanto, hablar de suficiencia suena a quimera. Es evidente que el total de recursos fiscales que obtiene el país no es suficiente para hacer frente a los gastos y que la reforma no corregirá el desequilibrio.

Decíamos que la reforma también debe garantizar la equidad, es decir, debe asegurar los objetivos distributivos que la sociedad requiere. Aunque el logro de los objetivos redistributivos es más eficiente por la vía del gasto público, sin duda también tiene su impacto por la vía fiscal. En este sentido la rebaja del tipo mínimo del IRPF -que pasa del 24,75% al 20% en 2015 y al 19% en 2016-; el aumento de los mínimos familiares y los incentivos a las familias dependientes y contribuyentes con personas a cargo, parece ir en buena línea.

Por el contrario, la desaparición de la deducción por alquiler de vivienda habitual que podían aplicarse los contribuyentes con rentas bajas; la eliminación de la exención de tributación para los primeros 1.500 euros de dividendos y la supresión de los coeficientes de corrección monetaria y limitación en la aplicación de los coeficientes de abatimiento, reducirán la capacidad redistributiva dado el coste recaudatorio que generan.

Respecto al objetivo del crecimiento económico, la reforma apuesta con la rebaja fiscal por un aumento del poder adquisitivo de los contribuyentes que permita incrementar su consumo. Al mismo tiempo introduce medidas que pretenden estimular la inversión y el ahorro. En esa línea de estímulo debemos entender las siguientes: reducción del impuesto de sociedades -que pasa del 30% actual al 28% en 2015 y al 25% en 2016-, aunque esta reducción va acompañada de la eliminación de varias deducciones que incrementan la base impositiva; la reducción de la tributación de los rendimientos del ahorro; la desaparición de la penalización a las plusvalías generadas en menos de un año; la rebaja en la retención de los autónomos, -que pasa del 21% actual al 19% en 2015 y al 18% en 2016-; la creación de los Planes de Ahorro 5 que estarán exentos de tributación, pensados para productos de bajo riesgo en los que el ahorrador ha de mantener la inversión durante cinco años –siempre que ésta no sobrepase los 5.000 euros-; y la posibilidad de rescatar planes de pensiones a los 10 años sin penalización fiscal. Por el contrario, la introducción del “impuesto de salida”, sin duda, no va en la misma línea.

En resumen, nos encontramos ante una amplia variedad de cambios que vistos en su conjunto no nos permiten asegurar el cumplimiento de los tres objetivos fundamentales, ya que todos plantean la clásica coletilla del “por un lado…pero por otro lado” y que, en todo caso, no resuelve el verdadero problema de fondo.

El sistema fiscal español necesita, desde hace mucho tiempo, una reforma integral que le permita aumentar su capacidad recaudatoria, que simplifique el modelo, que mejore la mentalidad fiscal del ciudadano, fomentando una actitud que muestre con claridad la importancia de que todos contribuyamos a sostener las necesidades de gasto de la administración, que reduzca los costes de recaudación y de cumplimiento y que plantee una auténtica lucha contra el fraude fiscal.

Sólo de esta forma podríamos dejar de seguir anclados en la incoherencia de disponer de tipos impositivos marginales elevados en la mayoría de figuras tributarias y, por contra, de niveles de recaudación muy bajos. Esta incoherencia genera frustración y desánimo entre los contribuyentes que no ven correspondencia entre el esfuerzo fiscal que realizan y los resultados.

Publicado en EXPANSION-26 noviembre 2014-PAG.54-OPINION.

220px-H2O

Els comentaris estan tancats.